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La Tarima de Profesor secundario

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Por si viene alguien

Para saber que la familia es la principal institución educativa basta con observar los devastadores efectos de cuando falta. Como profesor de adolescentes veo a diario ejemplos de la pérdida, del abandono, del desapego o de la simple dejadez familiar: niños perdidos que vagan sin rumbo claro, cuerpos inquietos que buscan continuamente en los demás la atención que no encuentran en casa, pequeños déspotas que confunden autoridad con autoritarismo porque nunca han conocido una guía que sea firme, pero a la vez afectuosa.

No todos somos padres, pero todos somos hijos y lo aprendido en el hogar forma la base a partir de la cual nos construimos como personas. La familia enseña a proteger y a sentirse protegido, a tender la mano antes de que el otro la pida, a comprender que el bienestar individual está íntimamente ligado al bienestar del resto, que el error es parte esencial del acierto y que siempre es posible volver a empezar.

Aparte, hay quienes además de hijos gozamos también del privilegio de ser padres. Y en la paternidad el aprendizaje se multiplica: así como nuestros ancestros reafirman nuestra individualidad, al mostrarnos lo importantes e insustituibles que somos, nuestros descendientes nos orientan hacia el saber que lleva aparejada la renuncia a eso que somos y su sustitución por lo que serán. Ese acto de sublime trascendencia.

Cuando la familia cumple su función, la sociedad entera se fortalece. Y cuando falla, el vacío se hace perfectamente visible en las calles, en las aulas y en las instituciones. Ninguna estructura política, si es que pretende ser fuerte y útil, puede esquivar ese primer espacio que nos dio nombre y forma. Los enemigos de la familia son los mayores enemigos de la sociedad, aquellos que pretenden destruirla para quedarse con sus despojos.

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